17 de enero de 2026

Reseña Europa de Timothy Garton Ahs

Reseña Europa de Timothy Garton Ahs

EUROPA.

Timothy Garton Ash.


En el contexto actual de erosión silenciosa y regreso de viejas lógicas, Europa de Timothy Garton se lee menos como un ensayo histórico que como una advertencia. El libro recoge el proyecto europeo no desde la euforia, sino desde la fragilidad: la de unas democracias construidas para evitar el retorno del pasado y hoy amenazadas por el olvido de las razones que las hicieron necesarias. Europa aparece así como un espacio en disputa, atrapado entre la tentación del repliegue la responsabilidad de sostener un orden basado en normas frente a la fuerza.

Democracia liberal y la lenta vuelta al mundo de Hobbes.

Hubo un tiempo en que parecía que el mundo había aprendido algo.

Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, se levantó un entramado de normas, instituciones y equilibrios pensado no para alcanzar la perfección, sino para contener lo peor. La democracia liberal no se presentó como una utopía, sino como un dique: imperfecto, erosionable, pero necesario. Un sistema diseñado para limitar el poder, para desconfiar de él incluso cuando emanaba de las urnas.

Durante décadas, ese orden se sostuvo sobre una convicción compartida. La caída del bloque soviético pareció confirmarla. En 1989, Francis Fukuyama puso palabras a ese momento de euforia contenida al hablar del fin de la historia: es decir, el último paso de la evolución ideológica de la humanidad y de la universalización de la democracia liberal occidental como forma final del gobierno humano.

Hoy, esa certeza se desvanece.

El deterioro no ha llegado en forma de ruptura abrupta, sino como un desgaste lento, casi silencioso. No se han cerrado parlamentos ni prohibido elecciones de manera generalizada. Lo que se ha hecho, más bien, es vaciar la democracia de aquello que la hacía algo más que un ritual. Se conservan las formas, pero se desmantela el fondo.

Las democracias iliberales no niegan la democracia: la imitan. Mantienen el voto, pero atacan los contrapesos. El poder judicial deja de ser incómodo para convertirse en sospechoso; la fiscalía, en dócil; las agencias de control, en irrelevantes; las comisiones electorales, en objeto de desconfianza permanente; los medios de comunicación, en enemigos a batir o instrumentos a domesticar. Todo sigue en pie, pero nada resiste.

Lo inquietante es la familiaridad del paisaje. No ocurre en un solo lugar ni bajo una sola bandera. Se repite, con variaciones, en países distintos, como si alguien hubiera encontrado la fórmula exacta para erosionar el sistema sin derribarlo. No se combate la democracia desde fuera, sino desde su interior, utilizando su propio lenguaje.


Mientras tanto, en el escenario internacional, el mismo proceso avanza. Las normas que durante décadas estructuraron las relaciones entre Estados empiezan a parecer prescindibles. Los acuerdos se cumplen mientras convienen. Las instituciones multilaterales se toleran mientras no limitan demasiado. El interés nacional vuelve a ocupar el centro, despojado de cualquier obligación moral o jurídica.

Es aquí donde reaparece una vieja sombra.

El mundo que describió Thomas Hobbes nunca desapareció del todo; simplemente fue contenido. Cuando las normas se debilitan y la autoridad se fragmenta, la desconfianza se convierte en regla. No hace falta una guerra permanente para vivir en un estado de guerra. Basta con saber que, llegado el momento, no habrá árbitros.

Ese es el orden mundial hobbesiano que vuelve a insinuarse: un espacio sin garantías, donde la fuerza —militar, económica o tecnológica— sustituye al derecho; donde la cooperación es táctica y provisional; donde la norma es una herramienta y no un límite. Un mundo en el que cada actor actúa como si los demás fueran una amenaza latente.

La paradoja es cruel. En nombre de la soberanía y de la eficacia, se desmontan los mecanismos que hacían posible la estabilidad. En nombre del control, se renuncia a las reglas que evitaban el caos. Lo que se presenta como una liberación termina pareciéndose demasiado a una regresión.

Tal vez el error fue creer que la historia podía detenerse.

Las instituciones no se sostienen solas. Las democracias no se defienden por inercia. Y el mundo, cuando se le quitan las normas, no se vuelve más libre, sino más peligroso.

Ha llegado el momento de los ciudadanos, la hora de la resistencia, del trabajo activo en defensa de nuestras sociedades no hay que olvidar que la libertad política solo es real si va acompañada de seguridad material y cohesión social.

Leer Europa merece la pena.