NOTAS SOBRE LOS QUE NUNCA PAGAN
NOTAS SOBRE LOS QUE NUNCA PAGAN
El argumento de Los que nunca pagan nació de la necesidad que tenía de explorar tres tensiones que, a mi juicio, atraviesa nuestra sociedad: la desigualdad ante la ley, el valor imprescindible de los medios de comunicación y la fragilidad de la ética frente al poder y el dinero.
Una justicia que no pesa igual para todos.
La interpretación que los tribunales hacen de la ley, algo que en teoría está escrito igual para todos, demuestra que esto no siempre sea cierto. Depende de quién la aplica y de a quién se aplica. Basta con escuchar las sentencias de tribunales colegiados, como el Tribunal Supremo o la Audiencia Nacional, para comprobar, cómo ante un mismo hecho y aplicando una misma ley, no solo hay discrepancias, sino votos particulares que rechazan incluso la totalidad de la sentencia.
Nos estamos acostumbrando a que presenten la composición de los tribunales atendiendo a la ideología de sus miembros —conservadores o progresistas— sin que esto nos haga saltar a la calle.
En la actualidad existen procesos de gran difusión y enorme relevancia por los personajes juzgados que, sin ánimo de entrar en ellos de manera detallada, si reflejan con claridad estas afirmaciones: la justicia no es ciega; ve muy bien con el ojo derecho, y eso le permite decidir a quién mira y a quién no.
Los medios de comunicación como último dique democrático.
En un paisaje donde la transparencia se resquebraja, los medios de comunicación se convierten en el espacio donde la verdad debe de prevalecer frente a la propaganda y la mentira descarada.
Si la mentira encuentra el camino despejado, la sociedad queda indefensa. Por eso el valor estructural de los medios para la democracia.
¿Qué ocurre con los principios cuando entran en conflicto con el poder y el dinero?
No voy a engañarme: la respuesta no es alentadora.
Un cómico lo definió mejor que nadie con una frase magistral:
‹‹Si no le gustan mis principios, tengo otros››.
La moral se convierte entonces en un adorno, una fachada pública, pero irrelevante en los despachos donde se toman decisiones que afectan a miles de personas. Lo hacen porque pueden, porque el sistema lo permite y porque la ciudadanía ha normalizado una cultura donde el beneficio justifica cualquier renuncia moral.
Las novelas no cambian el mundo, pero pueden recordarnos cómo funciona. En Los que nunca pagan, no invento villanos imposibles, ni conspiraciones rebuscadas; basta con mirar a nuestro alrededor para comprobar que la realidad ofrece material más que suficiente.
La desigualdad ante la justicia, el papel frágil, pero esencial del periodismo y la erosión ética provocada por el poder y el dinero son fenómenos que atraviesan nuestra vida pública cada día.
Recordemos que, si no defendemos los principios que nos sostienen, siempre aparecerán los que estén dispuestos a dejar la factura en manos de los mismos de siempre.
Los que nunca pagan.
JM. Espinosa.