La trampa del enfrentamiento generacional

Lucha de clases
La trampa del enfrentamiento generacional
Escribo esto porque estoy harto de un engaño que cada día suena más en los medios, en las redes sociales e incluso con la publicación de algún libro: la idea de que la precariedad juvenil tiene un único responsable y que ese responsable es la generación anterior. Una explicación cómoda, simplificadora y profundamente equivocada.
Se ha instalado con facilidad una idea peligrosa: que la precariedad de los jóvenes actuales es consecuencia directa de un Estado volcado en proteger a las generaciones mayores. Pensiones consolidadas, derechos adquiridos, estabilidad que ya no existe. Frente a eso, contratos temporales, salarios bajos, alquileres imposibles y la sensación de que el futuro se retrasa indefinidamente.
El relato es sencillo: los mayores viven relativamente protegidos mientras los jóvenes cargan con la factura.
Pero la realidad es más compleja.
En un artículo reciente en El País, Ignacio Sánchez Cuenca recordaba algunos datos que conviene no olvidar. En 1986, la tasa de paro en España era del 21%, frente al 10% actual. El paro juvenil alcanzaba el 46%; hoy ronda el 23%. La inflación estaba en torno al 9%, mientras que actualmente se sitúa alrededor del 2,5%. Los tipos de interés se movían cerca del 11%; hoy están próximos al 2%.
En 1986 yo tenía 21 años y comenzaba mi vida laboral.
Y no, no lo teníamos tan fácil como ahora a veces se pretende insinuar.
El acceso al empleo era mucho más incierto, el crédito mucho más caro y la inflación erosionaba salarios y ahorros. No había un mercado laboral estable esperando a los jóvenes. Había paro masivo y una economía menos sólida.
Eso no significa negar la precariedad actual. Significa no falsear la memoria.
Hoy el empleo es más abundante en términos agregados, la inflación está controlada y el crédito es más barato. Sin embargo, la sensación de asfixia es real. ¿Por qué? Porque el problema ya no es solo macroeconómico, sino distributivo.
La economía crece. Los beneficios empresariales han alcanzado niveles elevados en los últimos años. Las grandes compañías presentan resultados récord. Y, sin embargo, los salarios reales de muchos jóvenes apenas avanzan. El acceso a la vivienda se ha convertido en una barrera estructural. La riqueza patrimonial se concentra.
No estamos ante una economía en ruinas. Estamos ante una economía que reparte peor.
Ahí está el núcleo del conflicto.
Reducirlo a una lucha entre jóvenes desposeídos y mayores privilegiados es un error. Porque no todos los mayores viven con holgura ni todos los jóvenes están condenados por definición. La línea de fractura no atraviesa las edades; atraviesa la distribución de la riqueza.
El mundo no está dividido entre generaciones. Está dividido entre quienes acumulan capital —inmobiliario, financiero, empresarial— y quienes dependen exclusivamente de su salario.
Cuando el malestar se formula como guerra generacional, el sistema sale indemne. Se enfrentan quienes comparten fragilidad mientras permanecen intactas las estructuras que concentran poder y beneficios.
La precariedad juvenil no nace de las pensiones. Nace de un modelo productivo que genera riqueza, pero no la distribuye con equilibrio.
Confundir al adversario es siempre una ventaja para quien no quiere cambiar nada.
Mientras jóvenes y mayores se miran con desconfianza, quienes concentran riqueza y poder siguen intactos. La verdadera fractura no es generacional. Es estructural. Y no se resolverá enfrentando edades, sino cuestionando privilegios.
Ojo. Lo próximo será el grito apasionado de alguna iluminada de la derecha advirtiendo de la necesidad de realizar cambios urgentes para poder seguir garantizando el sistema. Nos dirán que es imprescindible eliminar la mano —según ellos ineficaz y burocrática— del Estado y dar paso a colaboraciones público-privadas que aseguren la eficacia y la sostenibilidad.
Los grandes tenedores de capital —bancos, aseguradoras y grandes fondos de inversión— no dudarán en aceptar, dispuestos a aportar sus vastos conocimientos en la extracción de renta.
Si lo permitimos, nos acercaremos a esa deseada sociedad de libertarismo capitalista donde resulte más barato tener en un restaurante a un viejo fregando platos que un lavavajillas eléctrico.