07 de febrero de 2026

DERECHO Y EXCLUSIÓN

DERECHO Y EXCLUSIÓN

DERECHOS Y EXCLUSIÓN


La calle estaba recién estrenada. Había pasado medio año en obras: tuberías, maquinaria, zanjas, barro y polvo.

El resultado final era eso que se llama un quiero y no puedo. Habían eliminado la doble circulación de vehículos, dejando la mitad de la calle en una dirección y la otra mitad en la contraria. La calzada se había reducido a un solo carril y las dos aceras habían crecido, en un intento burdo de peatonalización.

De forma perpendicular desembocaban otras calles, casi todas abiertas al tráfico, lo que hacía que cada pocos metros apareciera un rebaje en la acera para permitir la entrada o salida de vehículos. Los coches se acumulaban, invadían las aceras intentando incorporarse, y la calle principal se colapsaba cada vez que uno debía ceder el paso a los peatones. El resultado: circulación lenta, presencia constante y agobiante de coches y un continuo cruce de vehículos por las aceras, un fastidio permanente para quien caminaba.

Lo dicho: otro intento fallido de hacer la ciudad para los peatones.

La mañana era gris y plomiza. El cielo amenazaba con desplomarse en cualquier momento y romper la breve tregua que una lluvia persistente en los últimos días nos estaba concediendo.

El primero que vi fue un chico joven. Había encontrado un hueco entre dos columnas y se había tumbado allí. Estaba cubierto por cobertores viejos y cartones mojados. Tenía la cabeza apoyada en alto contra uno de los pilares, forzando el cuello hasta hacer que el mentón se le clavara en el esternón. De no haber visto moverse una mano, habría pensado que tenía las vértebras del cuello rotas y estaba muerto.

Las dos señoras que caminaban delante de mí llevaban los paraguas abiertos, por si unas gotas traicioneras arruinaban el reciente trabajo de peluquería al que, por el aspecto de su pelo, acababan de someterse. Apartaron ligeramente los paraguas para mirar al chico e hicieron algún comentario sin detenerse, algo que no alcancé a oír.

Unos metros más abajo, un edificio con un gran soportal y un patio ajardinado protegía su entrada con una reja de hierro rojo. Una larga cola de personas se adentraba de forma ordenada en su interior y continuaba por la acera. Podría haber parecido la fila de embarque de un avión si no fuera porque tanto los equipajes como sus dueños estaban desvencijados, sucios, gastados, derrotados.

Entre los distintos tipos de almacenaje —parecía que cargaran con todas sus pertenencias— predominaban las bolsas de mudanza y los cestos de plástico, con tiras de colores formando patrones cuadrados.

Alrededor del edificio, cualquier espacio susceptible de ser ocupado lo estaba. Al menos una docena de personas se refugiaban con sus casas de cartón y cobertores viejos en portales, cornisas, bajos de escaleras o cualquier lugar que ofreciera una mínima ilusión de protección.

Caminaba distraído, pensando en lo injusto que era que gente tan joven o tan mayor se encontrara en esa situación, sobre todo después de haber leído esa misma mañana que España figuraba entre las economías que más crecían de la OCDE.

Mi distracción hizo que casi chocara con las dos señoras que iban delante de mí.

Habían detenido a un coche de la policía que subía por la calle y exigían, con vehemencia, que uno de los agentes tomara nota de lo sucedido para poder presentar una denuncia.

Como iba ensimismado, no me había enterado de qué había pasado. Al principio pensé que tendría que ver con el chico que dormía en un portal y dificultaba la entrada de los vecinos. Me detuve frente a un escaparate cercano, fingiendo interés por unos ovillos de lana expuestos tras el cristal.

—Quiero que tome nota de lo que está sucediendo, porque esto es intolerable, propio de un país tercermundista —dijo una de las señoras.

—Intolerable, sí, intolerable —repitió la otra con una voz chillona y desagradable.

—Pagamos impuestos y tenemos derechos, ¿no le parece, agente? —insistió la primera.

—Para algo pagamos impuestos, ¿no? —añadió la de la voz chillona.

El policía, un chico joven, las miraba desconcertado, sin saber qué decir, buscando ayuda en su compañero más veterano, que había decidido permanecer sentado en el vehículo.

—¿Pero qué quiere que yo haga? —preguntó finalmente.

—Quiero que sea testigo de lo que ocurre, porque voy a poner una denuncia —dijo la señora señalando el bajo de su pantalón y levantando los zapatos—. Esto es muy grave, agente.

—Muy grave —repitió la otra.

—Pero, señora…

La mujer pisó con fuerza una de las baldosas. El efecto de balancín hizo que el agua sucia acumulada saliera disparada contra el pantalón del policía.

—Señora, por favor —dijo él, dando un salto hacia atrás.

—¿Ve de lo que hablo? Esto es intolerable. ¿Le parece justo que gasten así el dinero que nos quitan?

Volvió a pisar la loseta y otro chorro de agua salió disparado.

—Señora, joder, ni que yo tuviera…

Me alejé de la escena sin el menor interés por saber cómo terminaba, divertido al ver la expresión del policía veterano que seguía dentro del patrullero.

Bajo las escaleras del ambulatorio, unos metros más abajo, un hombre mayor pedía algo de comer a quienes pasaban. No le hice caso y seguí caminando. Me detuve, di media vuelta y regresé. El hombre estaba dentro de una caja de cartón, envuelto en un saco de dormir. Le pregunté qué podía traerle.

—Un bocadillo y un café con leche grande y caliente —me pidió.

Lo compré en una cafetería de enfrente y se lo llevé.

Seguí bajando la calle sin tropezar, por suerte, con ninguna baldosa suelta.

Algo que, sin duda, habría sido intolerable.